Retablillo
de don
Cristóbal
Farsa para
guiñol
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Personajes
AUTOR
DIRECTOR
Muñecos
POETA
DON
CRISTÓBAL
ENFERMO
MADRE DE
ROSITA
ROSITA
CURRITO
Prólogo
hablado
EL AUTOR
Señoras y
señores:
El poeta,
que ha
interpretado
y recogido
de labios
populares
esta farsa
de guiñol
tiene la
evidencia de
que el
público
culto de
esta tarde
sabrá
recoger, con
inteligencia
y corazón
limpio, el
delicioso y
duro
lenguaje de
los muñecos.
Todo el
guiñol
popular
tiene este
ritmo, esta
fantasía y
esta
encantadora
libertad que
el poeta ha
conservado
en el
diálogo.
El guiñol es
la expresión
de la
fantasía del
pueblo y da
el clima de
su gracia y
de su
inocencia.
Así, pues,
el poeta
sabe que el
público oirá
con alegría
y sencillez
expresiones
y vocablos
que nacen de
la tierra y
que
servirán de
limpieza en
una época en
que
maldades,
errores y
sentimientos
turbios
llegan hasta
lo más hondo
de los
hogares.
(Sale el
Poeta.)
Hombres y
mujeres,
atención;
niño,
cállate.
Quiero que
haya un
silencio tan
profundo que
oigamos el
glú-glú de
los
manantiales.
Y si un
pájaro mueve
un ala, que
también lo
oigamos, y
si una
hormiguita
mueve la
patita, que
también la
oigamos, y
si un
corazón late
con fuerza,
nos parezca
una mano
apartando
juncos de la
orilla.
¡Ay!, ¡ay!
Será
necesario
que las
muchachas
cierren los
abanicos y
las niñas
saquen sus
pañuelitos
de encaje
para oír y
para ver las
cosas de
doña Rosita,
casada con
don
Cristóbal, y
las cosas de
don
Cristóbal,
casado con
doña Rosita.
¡Ay!, ¡ay!
Ya empieza a
tocar el
tambor.
Podéis
llorar y
podéis
reír, a mí
no me
importa nada
de nada. Yo
voy a comer
ahora un
poquito pan,
un
poquitirrito
pan que me
han dejado
los pájaros,
Y luego a
planchar los
trajes de la
compañía.
(Mira si es
observado.)
Quiero
deciros que
yo sé cómo
nacen las
rosas y cómo
se crían las
estrellas de
mar, pero...
DIRECTOR.
Haga usted
el favor de
callarse. El
prólogo
termina
donde se
dice: «Voy a
planchar los
trajes de la
compañía».
POETA. Sí,
señor.
DIRECTOR.
Usted, como
poeta, no
tiene
derecho a
descubrir el
secreto con
el cual
vivimos
todos.
POETA. Sí,
señor.
DIRECTOR.
¿No le pago
su dinero?
POETA. Sí,
señor; pero
es que don
Cristóbal yo
sé que en el
fondo es
bueno y que
quizá podría
serlo.
DIRECTOR.
Majadero. Si
no se calla
usted, subo
y le parto
esa cara de
pan de maíz
que tiene.
¿Quién es
usted para
terminar
con esta ley
de maldad?
POETA. Ya he
terminado;
me callaré.
DIRECTOR.
No, señor;
diga usted
lo que es
preciso que
diga y lo
que el
público sabe
que es
verdad.
POETA.
Respetable
público:
Como poeta
tengo que
deciros que
don
Cristóbal es
malo.
DIRECTOR. Y
no puede ser
bueno.
POETA. Y no
puede ser
bueno.
DIRECTOR.
Vamos, siga.
POETA. Ya
voy, señor
Director. Y
nunca podrá
ser bueno.
DIRECTOR.
Muy bien.
¿Cuánto le
debo?
POETA. Cinco
monedas.
DIRECTOR.
Ahí van.
POETA. No
las quiero
de oro. El
oro me
parece
fuego, y yo
soy poeta de
la noche.
Démelas de
plata. Las
monedas de
plata parece
que están
iluminadas
por la luna.
DIRECTOR. ¡Ja,
la, ja! Así
salgo
ganando. A
empezar.
POETA.
Abre tu
balcón,
Rosita,
que comienza
la función.
Te espera
una
muertecita
y un esposo
dormilón.
(Música.)
DIRECTOR.
Cristóbal.
CRISTÓBAL.
¿Qué?
DIRECTOR.
Salga usted,
que el
público lo
está
esperando.
CRISTÓBAL.
Ya voy.
DIRECTOR. ¿Y
doña Rosita?
ROSITA. Me
estoy
poniendo los
zapatitos.
(Se oyen
ronquidos.)
DIRECTOR.
¿Qué es eso?
¿Ya está
roncando
Cristóbal?
CRISTÓBAL.
Ya voy,
señor
Director. Es
que estoy
meando.
DIRECTOR.
Cállese y no
diga
barbaridades.
CRISTÓBAL.
(Apareciendo.)
Buenas
noches,
caballeros.
DIRECTOR.
Vamos, don
Cristóbal;
hay
necesidad de
empezar el
drama. Ésa
es su
obligación.
Usted es un
médico.
CRISTÓBAL.
Yo soy un
médico.
Vamos al
toro.
DIRECTOR.
Piense, don
Cristóbal,
que necesita
usted dinero
para
casarse.
CRISTÓBAL.
Es verdad.
DIRECTOR.
Gánelo
pronto.
CRISTÓBAL.
Voy por la
porra.
DIRECTOR.
Bravo. Veo
que me ha
entendido
usted.
ENFERMO.
(Saliendo.)
Buenos días.
CRISTÓBAL.
Buenas
noches tenga
usted.
ENFERMO.
Buenos días.
CRISTÓBAL.
Buenas
noches.
ENFERMO.
Buenas
tardes.
CRISTÓBAL.
Noches
negras.
ENFERMO.
(Tímido.)
Quizás te
pueda dar
las buenas
noches.
CRISTÓBAL.
Buenas
noches
cerradas.
ENFERMO. En
vista de
esto me he
convencido
de que es
usted un
gran médico
y que me
puede curar.
(Enérgico.)
¡Buenos
días!
CRISTÓBAL.
(Fuerte.)
Te he dicho
que buenas
noches y es
buenas
noches.
ENFERMO.
Bravo.
Cuando usted
quiera.
CRISTÓBAL.
¿Qué le
duele a
usted?
ENFERMO.
Me duele el
cuello
donde me cae
el cabello,
pero no
había caído
en ello
hasta que me
lo dijo mi
primo
Juan Coello.
CRISTÓBAL.
Esto se
acaba con el
degüello.
(Lo agarra.)
ENFERMO.
¡Ay!, ¡ay!,
¡ay!, ¡ay!
Don
Cristóbal.
CRISTÓBAL.
Vamos. Tenga
la bondad de
sacar un
poquito el
cuello para
que le pueda
intervenir
la carótida.
ENFERMO.
¡Ay! Yo no
lo puedo
mover.
CRISTÓBAL.
Le digo que
pruebe a
mover la
carótida.
ENFERMO.
¡Ay! Es
imposible.
CRISTÓBAL.
Apártese
usted mismo
con las
manos las
yugulares.
ENFERMO. Si
pudiera ya
lo hubiera
hecho.
(Con
agresividad.)
Buenos días,
buenos días,
buenos días,
buenos días,
buenos días.
CRISTÓBAL.
Ahora verás.
(Sale. El
Enfermo se
queja,
echado sobre
la
barandilla.)
ENFERMO.
¡Ay!, ¡ay!,
lo que me
duele la
carótida.
¡Ay, mi
carótida! Yo
tengo
carotiditis.
CRISTÓBAL.
(Entra con
la porra.)
Aquí estoy.
ENFERMO.
¿Qué es eso,
don
Cristóbal?
CRISTÓBAL.
El aparato
del
aguardiente.
ENFERMO.
¿Para qué
sirve?
CRISTÓBAL.
Para ponerte
el cuello
caliente.
ENFERMO.
Pero no me
haga usted
daño.
CRISTÓBAL.
En el pegar
no hay
engaño.
¿Tienes
mucho
dinerito?
ENFERMO.
Veinte
duritos y
veinte
duritos,
y debajo del
chalequito
seis duritos
y tres
duritos,
y en el
ojito
del culito
tengo un
rollito
con veinte
duritos.
CRISTÓBAL.
Pues yo te
voy a curar.
Pero no lo
contarás.
ENFERMO.
(Agresivo.)
Buenos
días, buenos
días, buenos
días, buenos
días, buenos
días, buenos
días.
CRISTÓBAL.
(Dándole
con la
porra.)
Buenas
noches. Te
agarré.
Saca el
cuello.
ENFERMO. No
puedo, don
Cristóbal.
CRISTÓBAL.
(Dándole
un golpe.)
Saca el
cuello.
ENFERMO.
¡Ay!, mi
carótida.
CRISTÓBAL.
Más cuello.
ENFERMO.
¡Ay!, mi
carótida.
CRISTÓBAL.
Más cuello.
(Golpe.)
Más cuello,
más cuello,
más cuello.
(El Enfermo
saca un
cuello de un
metro.)
ENFERMO. ¡Ayyyyyyyy!
(Mete todo
el cuello y
se levanta,
pero don
Cristóbal lo
remata.)
CRISTÓBAL.
Te maté,
¡puñetero!,
te maté...
una, dos y
tres,
al barranco
con él.
(Se oye un
gran golpe.)
Olé, olé,
olé, olé.
DIRECTOR.
¿Tenía
dinero?
CRISTÓBAL.
Sí.
DIRECTOR.
Pues hay que
casarse.
CRISTÓBAL.
Hay que
casarse.
DIRECTOR.
Ahí viene la
madre de
doña Rosita.
Es preciso
que hable
usted con
ella.
MADRE.
Yo soy la
madre de
doña Rosita
y quiero que
se case,
porque ya
tiene dos
pechitos
como dos
naranjitas
y un culito
como un
quesito,
y una
urraquita
que le canta
y le grita.
Y es lo que
digo yo:
le hace
falta un
marido,
y si fuera
posible,
dos.
Ja,ja,ja,ja,ja.
CRISTÓBAL.
Señora.
MADRE.
Caballero
de pluma y
tintero.
CRISTÓBAL.
No tengo
sombrero.
Usted sabrá
que me
quiero
casar.
MADRE.
Yo tengo una
hija,
¿qué dinero
me das?
CRISTÓBAL.
Una onza de
oro
de las que
cagó el
moro,
una onza de
plata
de las que
cagó la
gata,
y un puñado
de
calderilla
de las que
gastó su
madre cuando
era
chiquilla.
MADRE.
Y además
quiero una
mula
para ir a
Lisboa
cuando sale
la luna.
CRISTÓBAL.
Una mula es
mucho; no
puedo,
señora.
MADRE.
Usted tiene
plata, señor
don
Cristóbal.
Mi Rosita es
joven y
usted es ya
viejo.
Viejo, viejo
pellejo.
CRISTÓBAL.
Y usted es
una vieja
que se
limpia el
culito con
una teja.
MADRE.
¡Borracho!
¡Indecente!
CRISTÓBAL.
Te voy a
poner la
barriga
caliente.
Cuenta con
la mula.
¿Dónde está
Rosita?
MADRE.
En camisa en
su cuarto. Y
está solita.
Ja, ja, ja,
ja.
CRISTÓBAL.
¡Ay!, cómo
me pongo.
MADRE.
¡Ay! con el
sorongo,
¡ay! con el
sorongo.
CRISTÓBAL.
Déme su
retrato.
MADRE.
Pero
firmaremos
antes el
contrato.
CRISTÓBAL.
Rosita, por
verte
la punta del
pie
si a mí me
dejaran
veríamos a
ver.
MADRE.
Le verás el
pie
cuando esté
contigo.
Si me das
dinero
hará lo que
digo. (Se
va
cantando.)
(Música.)
(Voz de
Rosita.)
Con el vito,
vito, vito,
con el vito
que me
muero,
cada hora,
niño mío,
estoy más
metida en
fuego.
(Entra
Rosita.)
ROSITA.
¡Ay! Que
noche tan
clarita
vive sobre
los tejados.
En esta hora
los niños
cuentan las
estrellas
y los viejos
se duermen
sobre sus
caballos,
pero yo
quisiera
estar:
en el diván
con Juan,
en el
colchón
con Ramón,
en el canapé
con José,
en la silla
con
Medinilla,
en el suelo
con el que
yo quiero,
pegada al
muro
con el lindo
Arturo
y en la gran
chaise-longue
con Juan,
con José,
con
Medinilla,
con Arturo y
con Ramón.
¡Ay!, ¡ay!,
¡ay!, ¡ay!
Yo me quiero
casar, ¿me
han oído?
Yo me quiero
casar
con un
mocito,
con un
militar,
con un
arzobispo,
con un
general,
con un
macanudo
de macanear
y veinte
mocitos
de Portugal.
(Sale.)
CRISTÓBAL.
Entonces,
¿estamos
conformes?
MADRE.
Estamos.
CRISTÓBAL.
Porque si no
estamos, yo
tengo la
cachiporra y
ya sabes lo
que pasa.
MADRE. ¡Ay!
¡Qué he
hecho yo!
CRISTÓBAL.
¿Tienes
miedo?
MADRE.
(Temblando.)
¡Ay!
CRISTÓBAL.
D: Tengo
miedo.
MADRE. Tengo
miedo.
CRISTÓBAL.
Diga: ¡Ya me
ha domado
don
Cristóbal!
MADRE. Ya me
ha domado
don
Cristóbal.
CRISTÓBAL.
Como domaré
a tu hija.
MADRE.
Entonces...
CRISTÓBAL.
Yo te doy la
onza de oro
de la que
cagó el moro
y tú me
entregas a
tu hija
Rosita, y me
lo debes
agradecer
porque ya
está
madurita.
MADRE. Tiene
veinte años.
CRISTÓBAL.
He dicho que
está
madurita, y
lo está.
Pero a
pesar de
todo es una
linda
muchacha.
Diga, diga,
diga...
MADRE.
Que tiene
dos tetitas
como dos
naranjitas
y un culito
como un
quesito
y una
urraquita...
CRISTÓBAL.
¡Ayyyyyyyyy!
MADRE.
Y una
urraquita
que le canta
y le grita.
CRISTÓBAL.
Sí, señor,
me voy a
casar porque
doña Rosita
es un
boccato di
cardinali.
MADRE.
¿Habla vuesa
merced el
italiano?
CRISTÓBAL.
No. Pero en
mi juventud
estuve en
Francia y en
Italia,
sirviendo a
un tal don
Pantalón. A
usted no le
importa
nada mi
vida.
Tiemble
usted. Todo
el que está
delante de
mí tiene que
temblar,
carajórum,
tiene que
temblar.
MADRE. Ya
estoy
temblando.
CRISTÓBAL.
Llama a
Rosita.
MADRE. ¡Rositaaaaaaaa!
ROSITA.
¿Qué
quieres?
Me quiero
casar
con un
becerro
nonato,
con un
caimán,
con un
borriquito,
con un
general,
que para el
caso
lo mismo me
da.
CRISTÓBAL.
¡Ay! Qué
jamoncitos
tiene
por delante
y por
detrás.
MADRE.
¿Te quieres
casar?
ROSITA.
Me quiero
casar.
MADRE.
¿Te quieres
casar?
CRISTÓBAL.
Me quiero
casar.
MADRE.
(Llorando.)
Que no me la
trates mal.
¡Ay!, qué
lástima de
mi hijita.
CRISTÓBAL.
Avisa al
cura.
(La Madre se
va gritando.
Cristóbal se
acerca y se
van juntos a
la iglesia.
Suenan las
campanas.)
POETA. ¿Le
ven ustedes?
Sin embargo,
más vale que
nos riamos
todos. La
luna es un
águila
blanca. La
luna es una
gallina que
pone huevos.
La luna es
un pan para
los pobres y
un taburete
de raso
blanco para
los ricos.
Pero ni don
Cristóbal ni
doña Rosita
ven la luna.
Si el
Director de
escena
quisiera,
don
Cristóbal
vería las
ninfas del
agua y doña
Rosita
podría
llenar de
escarcha su
cabello en
el acto
tercero
donde cae la
nieve sobre
los
inocentes.
Pero el
dueño del
teatro tiene
a los
personajes
metidos en
una cajita
de hierro
para que los
vean
solamente
las señoras
con pecho de
seda y nariz
tonta y los
caballeros
con barbas
que van al
club y
dicen:
Ca-ram-ba.
Porque don
Cristóbal no
es así, ni
doña
Rosita...
DIRECTOR.
¿Quién habla
ahí de ese
modo?
POETA. Digo
que ya se
están
casando.
DIRECTOR.
Haga el
favor de no
meter la
pata. Si yo
tuviera
imaginación
ya le habría
puesto de
patitas en
la calle.
CRISTÓBAL.
¡Ay!,
ROslta.
ROSITA. ¿Has
bebido
mucho?
CRISTÓBAL.
Me gustaría
ser todo de
vino y
beberme yo
mismo.
¡Jaaaa! Y mi
barriga un
gran pastel,
un gran
pastel con
ciruelas y
batatas.
Rosita,
cántame
algo.
ROSITA.
Voy.
(Canta.)
¿Qué quieres
que te
cante? ¿El
cancán de
Goicoechea o
la
Marsellesa
de
Gil-Robles?
¡Ay!,
Cristóbal.
Tengo miedo.
¿Qué me vas
a hacer?
CRISTÓBAL.
Te haré
muuuuuuuuuu.
RO S ITA.
¡Ay, no! Me
asustarás.
A las doce
de la noche,
¿qué me
harás?
CRISTÓBAL.
Te haré
aaaaaaaaaa.
ROSITA.
¡Ay, no! Me
asustarás.
A las tres
de la
mañana, ¿qué
me harás?
CRISTÓBAL.
Te haré
piiiii.
ROSITA.
Y entonces
verás
cómo mi
urraquita se
pone a
volar.
(Se
abrazan.)
CRISTÓBAL.
¡Ay!, mi
Rosita.
ROSITA.
¿Has bebido
mucho?
¿Por qué no
te echas una
siestecita?
CRISTÓBAL.
Me pondré a
dormir
para ver si
despierta mi
colorín.
ROSITA. Sí,
sí, sí, sí,
sí, sí.
(Cristóbal
ronca. Entra
Currito y se
abraza a
Rosita y se
oyen unos
enormes
besos.)
CRISTÓBAL.
(Se
despierta.)
¿Qué es eso,
Rosita?
ROSITA.
¡Ay!, ¡ay!,
¡ay! ¿No ves
qué luna tan
grande hay?
¿Qué
resplandorrrrrrrrr?
Es mi
sombra.
¡Sombra,
vete!
CRISTÓBAL.
¡Vete,
sombra!
|