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Así que
pasen cinco
años
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JOVEN
VIEJO
UN NIÑO
MUERTO
UN GATO
MUERTO
CRIADO
AMIGO
PRIMERO
AMIGO
SEGUNDO
LA
MECANÓGRAFA
LA NOVIA
EL MANIQUÍ
DEL TRAJE DE
NOVIA
EL JUGADOR
DE RUGBY
LA CRIADA
EL PADRE DE
LA NOVIA
PAYASO
ARLEQUÍN
MUCHACHA
MÁSCARAS Y
JUGADORES
Acto primero
Biblioteca.
El joven
está
sentado.
Viste un
pijama azul.
El Viejo de
chaqué gris,
con barba
blanca y
enormes
lentes de
oro, también
sentado.
JOVEN. No me
sorprende.
VIEJO.
Perdone...
JOVEN.
Siempre me
ha pasado
igual.
VIEJO.
(Inquisitivo
y amable.)
¿Verdad?
JOVEN. Sí.
VIEJO. Es
que...
JOVEN.
Recuerdo
que...
VIEJO.
(Ríe.)
Siempre
recuerdo.
JOVEN. Yo...
VIEJO.
(Anhelante.)
Siga...
JOVEN. Yo
guardaba los
dulces para
comerlos
después.
VIEJO.
Después,
¿verdad?
Saben mejor.
Yo también.
JOVEN. Y
recuerdo que
un día...
VIEJO.
(Interrumpiendo
con
vehemencia.)
Me gusta
tanto la
palabra
recuerdo. Es
una palabra
verde,
jugosa. Mana
sin cesar
hilitos de
agua fría.
JOVEN.
(Alegre y
tratando de
convencerse.)
Sí, sí,
¡claro!
Tiene usted
razón. Es
preciso
luchar con
toda
idea de
ruina, con
esos
terribles
desconchados
de las
paredes.
Muchas veces
yo me he
levantado a
medianoche
para
arrancar las
hierbas del
jardín. No
quiero
hierbas en
mi casa ni
muebles
rotos.
VIEJO. Eso.
Ni muebles
rotos porque
hay que
recordar,
pero...
JOVEN. Pero
las cosas
vivas,
ardiendo en
su sangre,
con todos
sus perfiles
intactos.
VIEJO. ¡Muy
bien! Es
decir
(Bajando la
voz.), hay
que
recordar,
pero
recordar
antes.
JOVEN.
¿Antes?
VIEJO.
(Con
sigilo.)
Sí, hay que
recordar
hacia
mañana.
JOVEN.
(Absorto.)
¡Hacia
mañana!
(Un reloj da
las seis. La
Mecanógrafa
cruza la
escena,
llorando en
silencio.)
VIEJO. Las
seis.
JOVEN. Sí,
las seis y
con
demasiado
calor. (Se
levanta.)
Hay un cielo
de tormenta.
Hermoso.
Lleno de
nubes
grises...
VIEJO. ¿De
manera que
usted...? Yo
fui gran
amigo de esa
familia.
Sobre todo
del padre.
Se ocupa de
astronomía.
(Irónico.)
Está bien,
¿eh? De
astronomía.
¿Y ella?
JOVEN. La he
conocido
poco. Pero
no importa.
Yo creo que
me quiere.
VIEJO.
¡Seguro!
JOVEN. Se
fueron a un
largo viaje.
Casi me
alegré...
VIEJO. ¿Vino
el padre de
ella?
JOVEN.
¡Nunca! Por
ahora no
puede ser...
Por causas
que no son
de explicar,
yo no me
casaré con
ella...
hasta que
pasen cinco
años.
VIEJO. ¡Muy
bien!
(Con
alegría.)
JOVEN.
(Serio.)
¿Por qué
dice muy
bien?
VIEJO. Pues
porque...
¿Es bonito
esto?
(Señalando
la
habitación.)
JOVEN. No.
VIEJO. ¿No
le angustia
la hora de
la partida,
los
acontecimientos,
lo que ha de
llegar ahora
mismo?..
.
JOVEN. Sí,
sí. No me
hable de
eso.
VIEJO. ¿Qué
pasa en la
calle?
JOVEN.
Ruido, ruido
siempre,
polvo,
calor, malos
olores. Me
molesta que
las cosas de
la calle
entren en
mi casa.
(Un gemido
largo se
oye. Pausa.)
Juan, cierra
la ventana.
(Un Criado
sutil que
anda sobre
las puntas
de los pies
cierra el
ventanal.)
VIEJO.
Ella... es
jovencita.
JOVEN. Muy
jovencita.
¡Quince
años!
VIEJO. No me
gusta esa
manera de
expresar.
Quince años
que ha
vivido ella,
que son ella
misma. Pero,
¿por qué no
decir tiene
quince
nieves,
quince
aires,
quince
crepúsculos?
¿No se
atreve usted
a huir?, ¿a
volar?, ¿a
ensanchar su
amor por
todo el
cielo?
JOVEN.
(Se sienta y
se cubre la
cara con las
ruanos.)
¡La quiero
demasiado!
VIEJO.
(De pie y
con
energía.)
O bien
decir: tiene
quince
rosas,
quince alas,
quince
granitos de
arena. ¿No
se atreve
usted a
concentrar,
a hacer
hiriente y
pequeñito su
amor dentro
del pecho?
JOVEN. Usted
quiere
apartarme de
ella. Pero
ya conozco
su
procedimiento.
Basta
observar un
rato sobre
la
palma de la
mano un
insecto
vivo, o
mirar al mar
una tarde
poniendo
atención en
la forma de
cada ola
para que el
rostro o la
llaga que
llevamos en
el pecho se
deshaga en
burbujas.
Pero es que
yo estoy
enamorado y
quiero estar
enamorado,
tan
enamorado
como ella lo
está de mí,
y por eso
puedo
aguardar
cinco años,
en espera de
poder liarme
de noche,
con todo el
mundo a
oscuras, sus
trenzas de
luz
alrededor de
mi cuello.
VIEJO. Me
permito
recordarle
que su
novia... no
tiene
trenzas.
JOVEN.
(Irritado.)
Ya lo sé. Se
las cortó
sin mi
permiso,
naturalmente,
y esto...
(Con
angustia.)
me cambia
su imagen.
(Enérgico.)
Ya sé que no
tiene
trenzas.
(Casi
furioso.)
¿Por qué me
lo ha
recordado
usted?
(Con
tristeza.)
Pero en
estos cinco
años las
volverá a
tener.
VIEJO.
(Entusiasmado.)
Y más
hermosas que
nunca. Serán
unas
trenzas...
JOVEN. Son,
son. (Con
alegría.)
VIEJO. Son
unas trenzas
con cuyo
perfume se
puede vivir
sin
necesidad de
pan ni de
agua.
JOVEN.
(Se
levanta.)
¡Pienso
tanto!
VIEJO.
¡Sueña
tanto!
JOVEN.
¿Cómo?
VIEJO.
Piensa tanto
que...
JOVEN. Que
estoy en
carne viva.
Todo hacia
dentro una
quemadura.
VIEJO.
(Alargándole
un vaso.)
Beba.
JOVEN.
¡Gracias! Si
me pongo a
pensar en la
muchachita,
en mi
niña...
VIEJO. Diga
usted mi
novia.
¡Atrévase!
JOVEN. No.
VIEJO. ¿Pero
por qué?
JOVEN.
Novia... ya
lo sabe
usted; si
digo novia
la veo sin
querer
amortajada
en un cielo
sujeto por
enormes
trenzas de
nieve. No,
no es mi
novia
(Hace un
gesto corno
si alejara
la imagen
que quiere
captarlo.),
es mi niña,
mi
muchachita.
VIEJO. Siga,
siga.
JOVEN. ¡Pues
si yo me
pongo a
pensar en
ella!, la
dibujo, la
hago moverse
blanca y
viva; pero
de pronto,
¿quién le
cambia la
nariz o le
rompe los
dientes o la
convierte en
otra llena
de andrajos
que va por
mi
pensamiento,
monstruosa,
como si
estuviera
mirándose en
un espejo de
feria?
VIEJO.
¿Quién?
¡Parece
mentira que
usted diga
«quién»!
Todavía
cambian más
las cosas
que tenemos
delante de
los ojos que
las que
viven sin
distancia
debajo de la
frente. El
agua que
viene por el
río es
completamente
distinta de
la que se
va. ¿Y quién
recuerda un
mapa exacto
de la arena
del
desierto...
o del
rostro de un
amigo
cualquiera?
JOVEN. Sí,
sí. Aún está
más vivo lo
de adentro
aunque
también
cambie. Mire
usted, la
última vez
que la vi
no podía
mirarla muy
de cerca
porque tenía
dos
arruguitas
en la
frente, que
como me
descuidara,
¿entiende
usted?, le
llenaban
todo el
rostro y la
ponían
ajada,
vieja, como
si hubiera
sufrido
mucho. Tenía
necesidad de
separarme
para...
¡enfocarla!,
ésta es la
palabra, en
mi corazón.
VIEJO. ¿A
que en aquel
momento que
la vio vieja
ella estaba
completamente
entregada a
usted?
JOVEN. Sí.
VIEJO.
¿Completamente
dominada por
usted?
JOVEN. Sí.
VIEJO.
(Exaltado.)
¿A que si en
aquel
preciso
instante
ella le
confiesa que
lo ha
engañado,
que no lo
quiere, las
arruguitas
se le
hubieran
convertido
en la rosa
más delicada
del mundo?
JOVEN.
(Exaltado.)
Sí.
VIEJO. ¿Y la
hubiera
amado más
precisamente
por eso?
JOVEN. Sí,
Sí.
VIEJO.
¿Entonces? ¡Ja,
ja, ja!
JOVEN.
Entonces...
Es muy
difícil
vivir.
VIEJO. Por
eso hay que
volar de una
cosa a otra
hasta
perderse. Si
ella tiene
quince años,
puede tener
quince cre
púsculos o
quince
cielos ¡y
vamos
arriba! ¡a
ensanchar!
Es tán las
cosas más
vivas dentro
que
ahí fuera,
expuestas al
aire o la
muerte. Por
eso vamos
a... a no
ir... o a
esperar.
Porque lo
otro es
morirse
ahora mismo
y es más
hermoso
pensar que
todavía
mañana
veremos los
cien cuernos
de oro con
que
levanta a
las nubes el
sol.
JOVEN.
(Tendiéndole
la mano.)
¡Gracias!
¡Gracias por
todo!
VIEJO.
¡Volveré por
aquí!
(Aparece
la
Mecanógrafa.)
JOVEN.
¿Terminó
usted de
escribir las
cartas?
MECANÓGRAFA.
(Llorosa.)
Sí, señor.
VIEJO.
(Al joven.)
¿Qué le
ocurre?
MECANÓGRAFA.
Deseo
marchar de
esta casa.
VIEJO. Pues
es bien
fácil, ¿no?
JOVEN.
(Turbado.)
¡Verá
usted!...
MECANÓGRAFA.
Quiero irme
y no puedo.
JOVEN.
(Dulce.)
No soy yo
quien te
retiene. Ya
sabes que no
puedo hacer
nada. Te he
dicho
algunas
veces
que te
esperaras,
pero tú...
MECANÓGRAFA.
Pero yo no
espero; ¿qué
es eso de
esperar?
VIEJO.
(Serio.)
¿Y por qué
no? ¡Esperar
es creer y
vivir!
MECANÓGRAFA.
No espero
porque no me
da la gana,
porque no
quiero y,
sin embargo,
no me puedo
mover de
aquí.
JOVEN.
¡Siempre
acabas no
dando
razones!
MECANÓGRAFA.
¿Qué razones
voy a dar?
No hay más
que una
razón y ésa
es... ¡que
te quiero!
Desde
siempre.
(Al Viejo.)
No se asuste
usted,
señor.
Cuando
pequeñito yo
lo veía
jugar desde
mi balcón.
Un
día se cayó
y sangraba
por la
rodilla, ¿te
acuerdas?
(Al Joven.)
Todavía
tengo
aquella
sangre viva
como
una sierpe
roja,
temblando
entre mis
pechos.
VIEJO. Eso
rió está
bien. La
sangre se
seca y lo
pasado,
pasado.
MECANÓGRAFA.
¡Qué culpa
tengo yo,
señor!
(Al joven.)
Yo te ruego
me des la
cuenta.
Quiero irme
de
esta casa.
JOVEN.
(Irritado.)
Muy bien.
Tampoco
tengo yo
culpa
ninguna.
Además,
sabes
perfectamente
que no me
pertenezco.
Puedes irte.
MECANÓGRAFA.
(Al
Viejo.)
¿Lo ha oído
usted? Me
arroja de su
casa. No
quiere
tenerme
aquí.
(Llora.
Se va.)
VIEJO.
(Con sigilo,
al Joven.)
Es peligrosa
esta mujer.
JOVEN. Yo
quisiera
quererla
como
quisiera
tener sed
delante de
las fuentes.
Quisiera...
VIEJO. De
ninguna
manera. ¿Qué
haría usted
mañana? ¿Eh?
Piense.
¡Mañana!
AMIGO.
(Entrando
con
escándalo.)
Cuánto
silencio en
esta casa,
¿y para qué?
Dame agua.
¡Con anís y
con
hielo!
(El Viejo se
va.) Un
cocktail.
JOVEN.
Supongo que
no me
romperás los
muebles.
AMIGO.
Hombre solo,
hombre
serio, ¡y
con este
calor!
JOVEN. ¿No
puedes
sentarte?
AMIGO.
(Lo coge en
brazos y le
da vueltas.)
Tin, tin,
tan,
la llamita
de San Juan.
JOVEN.
¡Déjame! No
tengo ganas
de bromas.
AMIGO. ¡Huuy!
¿Quién era
ese viejo?
¿Un amigo
tuyo? ¿Y
dónde están
en esta casa
los retratos
de las
muchachas
con las que
tú te
acuestas?
Mira (Se
acerca.),
te voy a
coger por
las solapas,
te voy a
pintar de
colorete
esas
mejillas de
cera... o
así,
restregadas.
JOVEN.
(Irritado.)
¡Déjame!
AMIGO. Y con
un bastón te
voy a echar
a la calle.
JOVEN. ¿Y
qué voy a
hacer en
ella? El
gusto tuyo,
¿verdad?
Demasiado
trabajo
tengo con
oírla llena
de
coches y
gentes
desorientadas.
AMIGO.
(Sentándose
y
estirándose
en el sofá.)
¡Ay! ¡Mmm!
Yo, en
cambio...
Ayer hice
tres
conquistas y
como
anteayer
hice dos y
hoy una,
pues
resulta...
que me quedo
sin ninguna
porque no
tengo
tiempo.
Estuve con
una
muchacha...
Ernestina.
¿La quieres
conocer?
JOVEN. No.
AMIGO.
(Levantándose.)
Nooo y
rúbrica.
¡Pero si
vieras!
¡¡Tiene un
talle!!...
No... aunque
el talle lo
tiene
mucho me jor
Matilde.
(Con
ímpetu.)
¡Ay, Dios
mío! (Da
un salto y
cae tendido
en el sofá.)
Mira, es un
talle para
la medida de
todos los
brazos y tan
frágil, que
se desea
tener en la
mano un
hacha de
plata muy
pequeña para
seccionarlo.
JOVEN.
(Distraído y
aparte de la
conversación.)
Entonces yo
subiré la
escalera.
AMIGO.
(Tendiéndose
boca abajo
en el sofá.)
¡No tengo
tiempo, no
tengo tiempo
de nada!
Todo se me
atropella.
Porque
¡figúrate!
Me cito con
Ernestina.
(Se
levanta.)
Las trenzas
aquí,
apretadas,
negrísimas,
y luego...
(El joven
golpea con
impaciencia
los dedos
sobre la
mesa.)
JOVEN. ¡No
me dejas
pensar!
AMIGO. ¡Pero
si no hay
que pensar!
Y me voy.
Por más...
que...
(Mira el
reloj.)
Ya se ha
pasado la
hora.
Es horrible,
siempre
ocurre
igual. No
tengo tiempo
y lo siento.
Iba con una
mujer
feísima, ¿lo
oyes? Ja,
ja, ja, ja,
feísima pero
adorable.
Una morena
de esas que
se echan de
menos al me
diodía de
verano. Y me
gusta
(Tira un
cojín por
alto.)
porque
parece un
domador.
JOVEN.
¡Basta!
AMIGO. Sí,
hombre, no
te indignes,
pero una
mujer puede
ser feísima
y un domador
de caballos
puede ser
hermoso y al
revés y...
¿qué
sabemos?
(Llena una
copa de
cocktail.)
JOVEN.
Nada...
AMIGO. ¿Pero
me quieres
decir qué te
pasa?
JOVEN. Nada.
¿No me
conoces? Es
mi
temperamento.
AMIGO. Yo no
entiendo. No
entiendo,
pero tampoco
puedo estar
serio.
(Ríe.)
Te saludaré
como los
chinos.
(Frota su
nariz con la
del joven.)
JOVEN.
(Sonriendo.)
¡Quita!
AMIGO.
Ríete.
(Le hace
cosquillas.)
JOVEN.
(Riendo.)
Bárbaro.
(Luchan.)
AMIGO. Una
plancha.
JOVEN. Puedo
contigo.
AMIGO. Te
cogí. (Lo
coge con la
cabeza entre
las piernas
y le da
golpes.)
VIEJO.
(Entrando
gravemente.)
Con
permiso... (Los
jóvenes
quedan en
pie.)
Perdonen...
(Enérgicamente,
y
mirando al
joven.)
Se me
olvidará el
sombrero.
AMIGO.
(Asombrado.)
¿Cómo?
VIEJO.
(Furioso.)
¡Sí, señor!
Se me
olvidará el
sombrero...
(Entre
dientes.),
es decir, se
me ha
olvidado el
sombrero.
AMIGO. ¡Ahhhhhh!...
(Se oye
un estrépito
de
cristales.)
JOVEN.
(En alta
voz.)
Juan. Cierra
las
ventanas.
AMIGO. Un
poco de
tormenta. ¡Ojalá
sea fuerte!
JOVEN. ¡Pues
no quiero
enterarme!
(En alta
voz.)
Todo bien
cerrado.
AMIGO. ¡Los
truenos
tendrás que
oírlos!
JOVEN. ¡O
no!
AMIGO. ¡O
Sí!
JOVEN. No me
importa lo
que pase
fuera. Esta
casa es mía
y aquí no
entra nadie.
VIEJO.
(Indignado,
al Amigo.)
¡Es una
verdad sin
refutación
posible!
(Se oye
un trueno
lejano.)
AMIGO.
(Apasionado.)
Entrará todo
el mundo que
quiera, no
aquí, sino
debajo de tu
cama.
(Trueno
más
cercano.)
JOVEN.
(Gritando.)
Pero ahora,
¡ahora!, no.
VIEJO.
¡Bravo!
AMIGO. ¡Abre
la ventana!
Tengo calor.
VIEJO. ¡Ya
se abrirá!
JOVEN.
¡Luego!
AMIGO. Pero
vamos a
ver... Me
quieren
ustedes
decir...
(Se oye
otro trueno.
La luz
desciende y
una
luminosidad
azulada de
tormenta
invade la
escena.
Los tres
personajes
se ocultarán
detrás de un
biombo negro
bordado con
estrellas.
Por la
puerta de la
izquierda
aparece el
Niño muerto
con el Gato.
El Niño
viene
vestido de
blanco
primera
comunión,
con una
corona de
rosas
blancas en
la cabeza.
Sobre su
rostro,
pintado de
cera,
resaltan sus
ojos y sus
labios de
lirio seco.
Trae un
cirio rizado
en la mano y
el gran lazo
con flecos
de oro.
El Gato, de
azul, con
dos enormes
manchas
rojas de
sangre en el
pechito gris
y en la
cabeza.
Avanzan
hacia el
público. El
Niño trae al
Gato cogido
de una
pata.)
GATO. Miau.
NIÑO.
Chissssss...
GATO. Miauuu.
NIÑO.
Toma mi
pañuelo
blanco.
Toma mi
corona
blanca.
No llores
más.
GATO.
Me duelen
las heridas
que los
niños me
hicieron en
la espalda.
NIÑO.
También a mí
me duele el
corazón.
GATO.
¿Por qué te
duele, niño,
di?
NIÑO.
Porque no
anda.
Ayer se me
paró muy
despacito,
ruiseñor de
mi cama.
Mucho ruido,
¡si
vieras!...
Me pusieron
con estas
rosas frente
a la
ventana.
GATO.
¿Y qué
sentías tú?
NIÑO.
Pues yo
sentía
surtidores y
abejas por
la sala.
Me ataron
las dos
manos, ¡muy
mal hecho!
Los niños
por los
vidrios me
miraban
y un hombre
con martillo
iba clavando
estrellas de
papel sobre
mi caja.
(Cruzando
las manos.)
No vinieron
los ángeles.
No, Gato.
GATO.
No me digas
más gato.
NIÑO.
¿No?
GATO.
Soy gata.
NIÑO.
¿Eres gata?
GATO.
(Mimosa.)
Debiste
conocerlo.
NIÑO.
¿Por qué?
GATO.
Por mi voz
de plata.
NIÑO.
(Galante.)
¿No te
quieres
sentar?
GATO.
Sí. Tengo
hambre.
NIÑO.
Voy a ver si
te encuentro
alguna rata.
(Se pone
a mirar
debajo de
las sillas.
El Gato,
sentado en
un taburete,
tiembla.)
No la comas
entera. Una
patita
porque estás
muy enferma.
GATO.
Diez
pedradas
me tiraron
los niños.
NIÑO.
Pesan como
las rosas
que
oprimieron
anoche mi
garganta.
¿Quieres
una?
(Se
arranca una
rosa de la
cabeza.)
GATO.
(Alegre.)
Sí, quiero.
NIÑO.
Con tus
manchas de
cera, rosa
blanca,
ojo de luna
rota me
pareces,
gacela entre
los vidrios
desmayada.
(Se la
pone.)
GATO.
¿Tú qué
hacías?
NIÑO.
Jugar. ¿Y
tú?
GATO.
¡Jugar!
Iba por el
tejado, gata
chata,
naricilla de
hojadelata.
En la mañana
iba a coger
los peces
por el agua
y al
mediodía
bajo el
rosal del
muro me
dormía.
NIÑO.
¿Y por la
noche?
GATA.
(Enfática.)
Me iba sola.
NIÑO.
¿Sin nadie?
GATA.
Por el
bosque.
NIÑO.
(Con
alegría.)
Yo también
iba, ¡ay,
gata chata,
barata,
naricillas
de
hojadelata!,
a comer
zarzamoras y
manzanas.
Y después a
la iglesia
con los
niños
a jugar a la
cabra.
GATA.
¿Qué es la
cabra?
NIÑO.
Era mamar
los clavos
de la
puerta.
GATA.
¿Y eran
buenos?
NIÑO.
No, gata.
Como chupar
monedas.
(Trueno
lejano.)
¡Ay!
¡Espera! ¿No
vienen?
Tengo miedo.
¿Sabes? Me
escapé de
casa.
(Lloroso.)
Yo no quiero
que me
entierren.
Agremanes y
vidrios
adornan mi
caja;
pero es
mejor que me
duerma
entre los
juncos del
agua.
Yo no quiero
que me
entierren.
¡Vamos
pronto!
(Le tira
de la pata.)
GATA.
¿Y nos van a
enterrar?
¿Cuándo?
NIÑO.
Mañana,
en unos
hoyos
oscuros.
Todos
lloran,
todos
callan.
Pero se van.
Yo lo vi.
Y luego,
¿sabes?
GATA.
¿Qué pasa?
NIÑO.
Vienen a
comernos.
GATA.
¿Quién?
NIÑO.
El lagarto y
la lagarta,
con sus
hijitos
pequeños,
que son
muchos.
GATA.
¿Y qué nos
comen?
NIÑO.
La cara,
con los
dedos
(Bajando
la voz.)
y la cuca.
GATA.
(Ofendida.)
Yo no tengo
cuca.
NIÑO.
(Enérgico.)
¡Gata!:
te comerán
las patitas
y el bigote.
(Trueno
lejanisimo.)
Vámonos; de
casa en casa
llegaremos
donde pacen
los
caballitos
del agua.
No es el
cielo. Es
tierra dura
con muchos
grillos que
cantan,
con hierbas
que se
menean,
con nubes
que se
levantan,
con hondas
que lanzan
piedras
y el viento
como una
espada.
¡Yo quiero
ser niño, un
niño!
(Se
dirige a la
puerta de la
derecha.)
GATA.
Está la
puerta
cerrada.
Vámonos por
la escalera.
NIÑO.
Por la
escalera nos
verán.
GATA.
Aguarda.
NIÑO.
¡Ya vienen
para
enterrarnos!
GATA.
Vámonos por
la ventana.
NIÑO.
Nunca
veremos la
luz,
ni las nubes
que se
levantan,
ni los
grillos en
la hierba,
ni el viento
como una
espada.
(Cruzando
las manos.)
¡Ay girasol!
¡Ay girasol
de fuego!
¡Ay girasol!
GATA.
¡Ay
clavellina
del sol!
NIÑO.
Apagado va
por el
cielo.
Sólo mares y
montes de
carbón,
y una paloma
muerta por
la arena
con las alas
tronchadas y
en el pico
una flor.
(Canta.)
Y en la flor
una oliva,
y en la
oliva un
limón...
¿Cómo
sigue?... No
lo sé, ¿cómo
sigue?
GATA.
¡Ay girasol!
¡Ay girasol
de la
mañanita!
NIÑO.
¡Ay
clavellina
del sol!
(La luz
es tenue. El
Niño y el
Gato,
separados,
andan a
tientas.)
GATA.
No hay luz.
¿Dónde
estás?
NIÑO.
¡Calla!
GATA.
¿Vendrán ya
los
lagartos,
niño?
NIÑO.
No.
GATA.
¿Encontraste
salida?
(La Gata se
acerca a la
puerta de la
derecha y
sale una
mano que la
empuja hacia
dentro.)
(Dentro.)
¡Niño!
¡Niño!
(Con
angustia.)
¡Niño, niño!
(El Niño
avanza con
terror,
deteniéndose
a cada
paso.)
NIÑO. (En
voz baja.)
Se hundió.
Lo ha cogido
una mano.
Debe ser la
de Dios.
¡No me
entierres!
Espera unos
minutos...
¡Mientras
deshojo esta
flor!
(Se arranca
una flor de
la cabeza y
la deshoja.)
Yo iré solo,
muy
despacio,
después me
dejarás
mirar al
sol...
Muy poco,
con un rayo
me contento.
(Deshojando.)
Sí, no, sí,
no, sí.
VOZ.
No. ¡¡No!!
NIÑO.
¡Siempre
dije que no!
(Una mano
asoma y
entra al
Niño, que se
desmaya. La
luz, al
desaparecer
el Niño,
vuelve a su
tono
primero. Por
detrás del
biombo
vuelven a
salir
rápidamente
los tres
personajes.
Dan
muestras de
calor y de
agitación
viva. El
joven lleva
un abanico
azul; el
Viejo, un
abanico
negro,
y el Amigo,
un abanico
rojo
agresivo. Se
abanican.)
VIEJO. Pues
todavía será
más.
JOVEN. Sí,
después.
AMIGO. Ya ha
sido
bastante.
Creo que no
te puedes
escapar de
la tormenta.
VOZ.
(Fuera.)
¡Mi hijo!
¡Mi hijo!
JOVEN.
¡Señor, qué
tarde! Juan,
¿quién grita
así?
CRIADO.
(Entrando,
siempre en
tono suave y
andando
sobre las
puntas de
los pies.)
El niño de
la portera
murió y
ahora lo
llevan a
enterrar. Su
madre llora.
AMIGO. ¡Como
es natural!
VIEJO. Sí,
sí; pero lo
pasado,
pasado.
AMIGO. Pero
¡si está
pasando!
(Discuten.)
(El
Criado cruza
la escena y
va a salir
por la
puerta
izquierda.)
CRIADO.
Señor,
¿tendría la
bondad de
dejarme la
llave de su
dormitorio?
JOVEN. ¿Para
qué?
CRIADO. Los
niños
arrojaron un
gato que
habían
matado sobre
el tejadillo
del jardín,
y hay
necesidad de
quitarlo.
JOVEN.
(Con
fastidio.)
Toma. (Al
Viejo.)
¡No podrá
usted con
él!
VIEJO. Ni me
interesa.
AMIGO. No es
verdad. Sí
le interesa.
Al que no le
interesa es
a mí, que sé
positivamente
que la nieve
es
fría y que
el fuego
quema.
VIEJO.
(Irónico.)
Según.
AMIGO.
(Al Joven.)
Te está
engañando.
(El Viejo
mira
enérgicamente
al Amigo,
estrujando
su
sombrero.)
JOVEN.
(Con
fuerza.)
No influye
lo más
mínimo en mi
carácter.
Soy yo. Pero
tú no puedes
comprender
que se
espere a una
mujer cinco
años,
colmado y
quemado por
el amor que
crece cada
día.
AMIGO. ¡No
hay
necesidad de
esperar!
JOVEN.
¿Crees tú
que yo puedo
vencer las
cosas
materiales,
los
obstáculos
que surgen y
se
aumentarán
en
el camino
sin causar
dolor a los
demás?
AMIGO.
¡Primero
eres tú que
los demás!
JOVEN.
Esperando,
el nudo se
deshace y la
fruta
madura.
AMIGO. Yo
prefiero
comerla
verde, o,
mejor
todavía, me
gus ta
cortar su
flor para
ponerla en
mi solapa.
VIEJO. ¡No
es verdad!
AMIGO.
¡Usted es
demasiado
viejo para
saberlo!
VIEJO.
(Severamente.)
Yo he
luchado toda
mi vida por
encender una
luz en los
sitios más
oscuros. Y
cuando la
gente ha ido
a retorcer
el cuello de
la paloma,
yo he
sujetado la
mano y la he
ayudado a
volar.
AMIGO. ¡Y
naturalmente
el cazador
se ha muerto
de hambre!
JOVEN.
¡Bendita sea
el hambre!
(Aparece
por la
puerta de la
izquierda el
Amigo 2.°
Viene
vestido de
blanco, con
un impecable
traje de
lana, y
lleva
guantes y
zapatos del
mismo color.
De no ser
posible que
este papel
lo haga
un actor muy
joven, lo
hará una
muchacha. El
traje ha de
ser de un
corte
exageradisimo;
llevará
enormes
botones
azules y el
chaleco y la
corbata
serán de
rizados
encajes.)
AMIGO 2.°
Bendita sea
cuando hay
pan tostado,
aceite y
sueño
después.
Mucho sueño.
Que no se
acabe
nunca. Te he
oído.
JOVEN.
(Con
asombro.)
¿Por dónde
has entrado?
AMIGO 2.°
Por
cualquier
sitio. Por
la ventana.
Me ayudaron
dos niños
amigos míos.
Los conocí
cuando yo
era muy
pequeño, y
me han
empujado por
los pies. Va
a caer un
aguacero...
pero
aguacero
bonito el
que
cayó el año
pasado.
Había tan
poca luz,
que se me
pusieron las
manos
amarillas.
(Al
Viejo.)
¿Lo recuerda
usted?
VIEJO.
(Agrio.)
No recuerdo
nada.
AMIGO 2.°
(Al Amigo.)
¿Y tú?
AMIGO I.°
(Serio.)
¡Tampoco!
AMIGO 2.° Yo
era muy
pequeño,
pero lo
recuerdo con
todo
detalle.
AMIGO I.°
Mira...
AMIGO 2.°
Por eso no
quiero ver
éste. La
lluvia es
hermosa. En
el colegio
entraba por
los patios y
estrellaba
por las
paredes a
unas mujeres
desnudas,
muy
pequeñas,
que lleva
dentro. ¿No
las habéis
visto?
Cuando yo
tenía cinco
años... no,
cuando yo
tenía dos...
¡miento!,
uno, un año
tan sólo, es
hermoso,
¿verdad?, un
año, cogí
una de estas
mujercillas
de la lluvia
y la tuve
dos días en
una pecera.
AMIGO I.°
(Con sorna.)
¿Y creció?
AMIGO 2.°
¡No! Se hizo
cada vez más
pequeña, más
niña, como
debe ser,
como es lo
justo, hasta
que no
quedó de
ella más que
una gota de
agua. Y
cantaba una
canción...
Yo vuelvo
por mis
alas,
¡dejadme
volver!
Quiero
morirme
siendo
amanecer,
quiero
morirme
siendo
ayer.
Yo vuelvo
por mis
alas,
¡dejadme
tornar!
Quiero
morirme
siendo
manantial,
quiero
morirme
fuera de la
mar...
que es
exactamente
lo que yo
canto a
todas horas.
VIEJO.
(Irritado,
al Joven.)
Está
completamente
loco.
AMIGO 2.°
(Que lo ha
oído.)
Loco, porque
no quiero
estar lleno
de arrugas y
dolores como
usted.
Porque
quiero vivir
lo mío y me
lo quitan.
Yo no lo
conozco a
usted. Yo no
quiero ver
gente como
usted.
AMIGO I.°
(Bebiendo.)
Todo eso no
es más que
miedo a la
muerte.
AMIGO 2.°
No. Ahora,
antes de
entrar aquí,
vi a un niño
que llevaban
a enterrar
con las
primeras
gotas de
la lluvia.
Así quiero
que me
entierren a
mí. En una
caja así de
pequeña, y
ustedes se
van a luchar
en la
borrasca.
Pero mi
rostro es
mío y me lo
están
robando. Yo
era tierno y
cantaba, y
ahora hay un
hombre,
un señor
(Al Viejo.),
como usted,
que anda por
dentro de mí
con dos o
tres caretas
preparadas.
(Saca un
espejo y se
mira.)
Pero todavía
no, todavía
me veo
subido en
los
cerezos...
con aquel
traje
gris... Un
traje
gris que
tenía unas
anclas de
plata...
¡Dios mío!
(Se cubre
la cara con
las manos.)
VIEJO. Los
trajes se
rompen, las
anclas se
oxidan y
vamos
adelante.
AMIGO 2.° ¡Oh,
por favor,
no hable
así!
VIEJO.
(Entusiasmado.)
Se hunden
las casas.
AMIGO I.°
(Enérgico y
en actitud
de defensa.)
Las casas no
se hunden.
VIEJO.
(Impertérrito.)
Se apagan
los ojos y
una hoz muy
afilada
siega los
juncos de
las orillas.
AMIGO 2.°
(Sereno.)
¡Claro!
¡Todo eso
pasa más
adelante!
VIEJO. Al
contrario.
Eso ha
pasado ya.
AMIGO 2.°
Atrás se
queda todo
quieto.
¿Cómo es
posible que
no lo sepa
usted? No
hay más que
ir
despertando
suavemente
las cosas.
En cambio,
dentro de
cuatro o
cinco años
existe un
pozo en el
que
caeremos
todos.
VIEJO.
(Furioso.)
¡Silencio!
JOVEN.
(Temblando,
al Viejo.)
¿Lo ha oído
usted?
VIEJO.
Demasiado.
(Sale
rápi damente
por la
puerta de la
derecha.)
JOVEN.
(Detrás.)
¿Dónde va
usted? ¿Por
qué se
marcha así?
¡Espere!
(Sale
detrás.)
AMIGO 2.°
(Encogiéndose
de hombros.)
Bueno. Viejo
tenía que
ser. Usted,
en cambio,
no ha
protestado.
AMIGO I.°
(Que ha
estado
bebiendo sin
parar.)
No.
AMIGO 2.°
Usted, con
beber tiene
bastante.
AMIGO I.°
(Serio y con
cara
borracha.)
Yo hago lo
que me
gusta, lo
que me
parece bien.
No le he
pedido
su parecer.
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