El público
Drama en
cinco
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Personajes
(Por
orden de
intervención)
DIRECTOR
CRIADO
CABALLO
BLANCO
PRIMERO
CABALLO
BLANCO
SEGUNDO
CABALLO
BLANCO
TERCERO
CABALLO
BLANCO
CUARTO
HOMBRE
PRIMERO
HOMBRE
SEGUNDO
HOMBRE
TERCERO
ARLEQUÍN
DIRECTOR
MUJER EN
PIJAMA
ELENA
FIGURA DE
CASCABELES
FIGURA DE
PÁMPANOS
NIÑO
EMPERADOR
CENTURIÓN
JULIETA
CABALLO
NEGRO
EL TRAJE DE
ARLEQUÍN
EL TRAJE DE
BAILARINA
PASTOR BOBO
DESNUDO ROJO
ENFERMERO
ESTUDIANTE
PRIMERO
ESTUDIANTE
SEGUNDO
ESTUDIANTE
TERCERO
ESTUDIANTE
CUARTO
ESTUDIANTE
QUINTO
DAMA PRIMERA
DAMA SEGUNDA
DAMA TERCERA
DAMA CUARTA
MUCHACHO
LADRÓN
PRIMERO
LADRÓN
SEGUNDO
TRASPUNTE
PRESTIDIGITADOR
SEÑORA
Cuadro
primero
Cuarto
del
Director.
El
Director
sentado.
Viste de
chaqué.
Decorado
azul. Una
gran mano
impresa en
la pared.
Las
ventanas son
radiografías.
CRIADO.
Señor.
DIRECTOR.
¿Qué?
CRIADO. Ahí
está el
público.
DIRECTOR.
Que pase.
(Entran
cuatro
Caballos
Blancos.)
DIRECTOR.
¿Qué desean?
(Los
Caballos
tocan sus
trompetas.)
Esto
sería si yo
fuese un
hombre con
capacidad
para el
suspiro.
¡Mi teatro
será siempre
al aire
fibre! Pero
yo he
perdido
toda mi
fortuna. Si
no, yo
envenenaría
el aire
libre. Con
una
jeringuilla
que quite la
costra de la
herida me
basta.
¡Fuera de
aquí! ¡Fuera
de mi casa,
caballos! Ya
se ha
inventado
la cama para
dormir con
los
caballos.
(Llorando.)
Caballitos
míos.
LOS
CABALLOS.
(Llorando.)
Por
trescientas
pesetas. Por
doscientas
pesetas, por
un plato de
sopa, por un
frasco de
perfume
vacío. Por
tu saliva,
por un
recorte de
tus uñas.
DIRECTOR.
¡Fuera,
fuera,
fuera!
(Toca un
timbre.)
LOS
CABALLOS.
¡Por nada!
Antes te
olían los
pies y
nosotros
teníamos
tres años.
Esperábamos
en el
retrete,
esperábamos
detrás de
las puertas
y luego te
llenábamos
la cama de
lágrimas.
(Entra el
Criado.)
DIRECTOR.
¡Dame un
látigo!
LOS
CABALLOS. Y
tus zapatos
estaban
cocidos por
el sudor,
pero
sabíamos
comprender
que la misma
relación
tenía la
luna con las
manzanas
podridas en
la hierba.
DIRECTOR.
(Al Criado.)
¡Abre
las puertas!
LOS
CABALLOS.
No, no, no.
¡Abominable!
Estás
cubierto de
vello y
comes la cal
de lo muros
que no es
tuya.
CRIADO. No
abro la
puerta. Yo
no quiero
salir al
teatro.
DIRECTOR.
(Golpeándolo.)
¡Abre!
(Los
Caballos
sacan largas
trompetas
doradas y
danzan
lentamente
al son de su
canto.)
LOS CABALLOS
I.° Y 2.°
(Furiosos.)
Abominable.
LOS CABALLOS
3.° Y
4.°
Blenamiboá.
LOS CABALLOS
I.° Y 2.°
(Furiosos.)
Abominable.
LOS
CABALLOS.
Blenamiboá.
(El Criado
abre la
puerta.)
DIRECTOR.
¡Teatro al
aire libre!
¡Fuera!
¡Vamos!
Teatro al
aire libre.
¡Fuera de
aquí!
(Salen los
Caballos. A1
Criado.)
Continúa.
(Se sienta
detrás de la
mesa.)
CRIADO.
Señor.
DIRECTOR.
¿Qué?
CRIADO. ¡El
público!
DIRECTOR.
Que pase.
(El
Director
cambia su
peluca rubia
por una
morena.
Entran tres
Hombres
vestidos de
frac
exactamente
iguales.
Llevan
barbas
oscuras.)
HOMBRE I °
¿El señor
Director del
teatro al
aire fibre?
DIRECTOR.
Servidor de
usted.
HOMBRE I.°
Venimos a
felicitarle
por su
última obra.
DIRECTOR.
Gracias.
HOMBRE 3.°
Originalísima.
HOMBRE I.°
¡Y qué
bonito
título!
Romeo y
Julieta.
DIRECTOR. Un
hombre y una
mujer que se
enamoran.
HOMBRE I.°
Romeo puede
ser una ave
y Julieta
puede ser
una piedra.
Romeo puede
ser un grano
de sal y
Julieta
puede ser un
mapa.
DIRECTOR.
Pero nunca
dejarán de
ser Romeo y
Julieta.
HOMBRE I.° Y
enamorados.
¿Usted cree
que estaban
enamorados?
DIRECTOR.
Hombre... yo
no estoy
dentro...
HOMBRE I.°
¡Basta!
¡Basta!
Usted mismo
se denuncia.
HOMBRE 2.°
(Al
Hombre I.°)
Ve con
prudencia.
Tú tienes la
culpa. ¿Para
qué vienes a
la puerta de
los teatros?
Puedes
llamar a un
bosque y es
fácil que
éste abra el
ruido de su
savia para
tus oídos.
¡Pero un
teatro!
HOMBRE I.°
Es a los
teatros
donde hay
que llamar;
es a los
teatros,
para...
HOMBRE 3.°
Para que se
sepa la
verdad de
las
sepulturas.
HOMBRE 2.°
Sepulturas
con focos de
gas, y
anuncios, y
largas
filas de
butacas.
DIRECTOR.
Caballeros...
HOMBRE I.°
Sí, sí.
Director del
teatro al
aire libre,
autor de
Romeo y
Julieta.
HOMBRE 2.°
¿Cómo
orinaba
Romeo, señor
Director?
¿Es que no
es bonito
ver orinar a
Romeo?
¿Cuántas
veces fingió
tirarse de
la torre
para ser
apresado en
la comedia
de su
sufrimiento?
¿Qué pasaba,
señor
Director,
cuando no
pasaba? ¿Y
el sepulcro?
¿Por qué, en
el final, no
bajó usted
las
escaleras
del
sepulcro?
Pudo usted
haber visto
un ángel que
se llevaba
el sexo de
Romeo,
mientras
dejaba el
otro, el
suyo, el que
le
correspondía.
Y si yo le
digo que el
personaje
principal de
todo fue una
flor
venenosa,
¿qué
pensaría
usted?
Conteste.
DIRECTOR.
Señores, no
es ése el
problema.
HOMBRE I.°
(Interrumpiendo.)
No hay
otro.
Tendremos
necesidad
de enterrar
el teatro
por la
cobardía de
todos, y
tendré que
darme un
tiro.
HOMBRE 2.°
¡Gonzalo!
HOMBRE I.°
(Lentamente.)
Tendré
que darme un
tiro para
inaugurar el
verdadero
teatro, el
teatro bajo
la arena.
DIRECTOR.
Gonzalo...
HOMBRE I.°
¿Cómo?...
(Pausa.)
DIRECTOR.
(Reaccionando.)
Pero no
puedo. Se
hundiría
todo. Sería
dejar ciegos
a mis hijos
y luego,
¿qué hago
con el
público?
¿Qué hago
con el
público si
quito las
barandas al
puente?
Vendría la
máscara a
devorarme.
Yo vi una
vez a un
hombre
devorado por
la máscara.
Los jóvenes
más fuertes
de la
ciudad, con
picas
ensangrentadas,
le hundían
por el
trasero
grandes
bolas de
periódicos
abandonados,
y en América
hubo una vez
un muchacho
a quien la
máscara
ahorcó
colgado de
sus propios
intestinos.
HOMBRE I.°
¡Magnífico!
HOMBRE 2.°
¿Por qué no
lo dice
usted en el
teatro?
HOMBRE 3.°
¿Eso es el
principio de
un
argumento?
DIRECTOR. En
todo caso un
final.
HOMBRE 3.°
Un final
ocasionado
por el
miedo.
DIRECTOR.
Está claro,
señor. No me
supondrá
usted capaz
de sacar la
máscara a
escena.
HOMBRE I.°
¿Por qué no?
DIRECTOR. ¿Y
la moral? ¿Y
el estómago
de los
espectadores?
HOMBRE I.°
Hay personas
que vomitan
cuando se
vuelve un
pulpo del
revés y
otras que se
ponen
pálidas si
oyen
pronunciar
con la
debida
intención la
palabra
cáncer; pero
usted sabe
que contra
esto existe
la hojalata,
y el yeso, y
la adorable
mica, y en
último caso
el cartón,
que están al
alcance de
todas las
fortunas
como medios
expresivos.
(Se
levanta.)
Pero
usted lo que
quiere es
engañarnos.
Engañarnos
para que
todo siga
igual y nos
sea
imposible
ayudar a los
muertos.
Usted tiene
la culpa de
que las
moscas hayan
caído en
cuatro mil
naranjadas
que yo tenía
dispuestas.
Y otra vez
tengo que
empezar a
romper las
raíces.
DIRECTOR.
(Levantándose.)
Yo no
discuto,
señor. ¿Pero
qué es lo
que quiere
de mí? ¿Trae
usted una
obra nueva?
HOMBRE I.°
¿Le parece a
usted obra
más nueva
que
nosotros
con nuestras
barbas... y
usted?
DIRECTOR. ¿Y
yo...?
HOMBRE I.°
Sí... usted.
HOMBRE 2.°
¡Gonzalo!
HOMBRE I.°
(Mirando
al
Director.)
Lo
reconozco
todavía y me
parece
estarlo
viendo
aquella
mañana que
encerró una
liebre, que
era un
prodigio de
velocidad,
en una
pequeña
cartera de
libros. Y
otra vez,
que se puso
dos rosas en
las orejas
el primer
día que
descubrió el
peinado con
la raya en
medio. Y tú,
¿me
reconoces?
DIRECTOR. No
es éste el
argumento.
¡Por Dios!
(A
voces.)
Elena,
Elena.
(Corre a
la puerta.)
HOMBRE I.°
Pero te he
de llevar al
escenario,
quieras o no
quieras. Me
has hecho
sufrir
demasiado.
¡Pronto! ¡El
biombo! ¡El
biombo!
(El Hombre
3. ° saca un
biombo y lo
coloca en
medio de la
escena.)
DIRECTOR.
(Llorando.)
Me ha de
ver el
público. Se
hundirá mi
teatro. Yo
había hecho
los dramas
mejores de
la
temporada,
¡pero
ahora!...
(Suenan
las
trompetas de
los
Caballos. El
Hombre I.°
se dirige al
fondo y abre
la puerta.)
HOMBRE I.°
Pasar
adentro, con
nosotros.
Tenéis sitio
en el drama.
Todo el
mundo.
(Al
Director.) Y
tú, pasa
por detrás
del biombo.
(Los
Hombres
2.° y 3.°
empujan al
Director.
Éste pasa
por el
biombo y
aparece por
la otra
esquina un
Muchacho
vestido de
raso blanco
con una gola
Blanca al
cuello. Debe
ser una
actriz.
Lleva una
pequeña
guitarrita
negra.)
HOMBRE I.°
¡Enrique!
¡Enrique!
(Se cubre la
cara con las
manos.)
HOMBRE 2.°
No me hagas
pasar a mí
por el
biombo.
Déjame ya
tranquilo.
¡Gonzalo!
DIRECTOR.
(Frío y
pulsando las
cuerdas.)
Gonzalo,
te he de
escupir
mucho.
Quiero
escupirte y
romperte el
frac con
unas
tijeritas.
Dame seda y
aguja.
Quiero
bordar. No
me gustan
los
tatuajes,
pero lo
quiero
bordar con
sedas.
HOMBRE 3.°
(A los
Caballos.)
Tomad
asiento
donde
queráis.
HOMBRE I.°
(Llorando.)
¡Enrique!
¡Enrique!
DIRECTOR. Te
bordaré
sobre la
carne y me
gustará
verte
dormir en
el tejado.
¿Cuánto
dinero
tienes en el
bolsillo?
¡Quémalo!
(El
Hombre I.°
enciende un
fósforo y
quema los
billetes.)
Nunca
veo bien
cómo
desaparecen
los dibujos
en la llama.
¿No tienes
más dinero?
¡Qué pobre
eres,
Gonzalo! ¿Y
mi lápiz
para los
labios? ¿No
tienes
carmín? Es
un fastidio.
HOMBRE 2.°
(Tímido.)
Yo
tengo.
(Se saca el
lápiz por
debajo de la
barba y lo
ofrece.)
DIRECTOR.
Gracias...
pero...
¿pero
también tú
estás aquí?
¡Al biombo!
Tú también
al biombo.
¿Y todavía
lo soportas,
Gonzalo?
(El
Director
empuja
bruscamente
al Hombre
2.°, y
aparece por
el otro
extremo del
biombo una
Mujer
vestida con
pantalones
de pijama
negro y una
corona de
amapolas en
la cabeza.
Lleva en la
mano unos
impertinentes
cubiertos
por un
bigote
rubio que
usará
poniéndolo
sobre su
boca en
algunos
momentos del
drama.)
HOMBRE 2.°
(Secamente.)
Dame el
lápiz.
DIRECTOR. ¡Ja,
ja, ja! ¡Oh
Maximiliana,
emperatriz
de Baviera!
¡Oh mala
mujer!
HOMBRE 2.°
(Poniéndose
el bigote
sobre los
labios.)
Te
recomendaría
un poco de
silencio.
DIRECTOR. ¡Oh
mala mujer!
¡Elena!
¡Elena!
HOMBRE I.°
(Fuerte.)
No
llames a
Elena.
DIRECTOR. ¿Y
por qué no?
Me ha
querido
mucho cuando
mi teatro
estaba al
aire libre.
¡Elena!
(Elena
sale de la
izquierda.
Viste de
griega.
Lleva las
cejas
azules, el
cabello
blanco y los
pies de
yeso. El
vestido,
abierto
totalmente
por delante,
deja ver sus
muslos
cubiertos
con apretada
malla
rosada. El
Hombre 2.°
se lleva el
bigote a los
labios.)
ELENA. ¿Otra
vez igual?
DIRECTOR.
Otra vez.
HOMBRE 3.°
¿Por qué
has salido,
Elena? ¿Por
qué has
salido si no
me vas a
querer?
ELENA.
¿Quién te lo
dijo? Pero
¿por qué me
quieres
tanto?
Yo te
besaría los
pies si tú
me
castigaras y
te fueras
con las
otras
mujeres.
Pero tú me
adoras
demasiado a
mí sola.
Será
necesario
terminar de
una vez.
DIRECTOR.
(Al Hombre
3.°) ¿Y
yo? ¿No te
acuerdas de
mí? ¿No te
acuerdas de
mis uñas
arrancadas?
¿Cómo habría
conocido a
las otras y
a ti no?
¿Por qué te
he llamado,
Elena? ¿Por
qué te he
llamado,
suplicio
mío?
ELENA.
(Al Hombre
3.°)
¡Vete con
él! Y
confiésame
ya la verdad
que me
ocultas. No
me importa
que
estuvieras
borracho y
que te
quieras
justificar,
pero tú lo
has besado y
has dormido
en la misma
cama.
HOMBRE 3.°
¡Elena!
(Pasa
rápidamente
por detrás
del biombo y
aparece sin
barba con la
cara
palidísima y
un látigo en
la mano.
Lleva
muñequeras
de cuero con
clavos
dorados.)
HOMBRE 3.°
(Azotando al
Director.)
Tú
siempre
hablas, tú
siempre
mientes y he
de acabar
contigo sin
la menor
misericordia.
LOS
CABALLOS.
¡Misericordia!
¡Misericordia!
ELENA.
Podías
seguir
golpeando un
siglo entero
y no creería
en ti.
(El Hombre
3.° se
dirige a
Elena y le
aprieta las
muñecas.)
Podrías
seguir un
siglo entero
atenazando
mis dedos y
no lograrías
hacerme
escapar un
solo gemido.
HOMBRE 3.°
¡Veremos
quién puede
más!
ELENA. Yo y
siempre yo.
(Aparece el
Criado.)
ELENA.
¡Llévame
pronto de
aquí!
¡Contigo!
¡Llévame!
(El Criado
pasa por
detrás del
biombo y
sale de la
misma
manera.)
¡Llévame!
¡Muy lejos!
(El
Criado la
toma en
brazos.)
DIRECTOR.
Podemos
empezar.
HOMBRE I.°
Cuando
quieras.
LOS
CABALLOS.
¡Misericordia!
¡Misericordia!
(Los
Caballos
suenan sus
largas
trompetas.
Los
personajes
están
rígidos en
sus
puestos.)
Telón lento
Cuadro
segundo
Ruina
romana.
Una Figura,
cubierta
totalmente
de Pámpanos
rojos, toca
una flauta
sentada
sobre un
capitel.
Otra Figura,
cubierta de
Cascabeles
dorados,
danza en el
centro de la
escena.
FIGURA DE
CASCABELES.
¿Si yo me
convirtiera
en nube?
FIGURA DE
PÁMPANOS. Yo
me
convertiría
en ojo.
FIGURA DE
CASCABELES.
¿Si yo me
convirtiera
en caca?
FIGURA DE
PÁMPANOS. Yo
me
convertiría
en mosca.
FIGURA DE
CASCABELES.
¿Si yo me
convirtiera
en manzana?
FIGURA DE
PÁMPANOS. Yo
me
convertiría
en beso.
FIGURA DE
CASCABELES.
¿Si yo me
convirtiera
en pecho?
FIGURA DE
PÁMPANOS. Yo
me
convertiría
en sábana
blanca.
VOZ.
(Sarcástica.)
¡Bravo!
FIGURA DE
CASCABELES.
¿Y si yo me
convirtiera
en pez luna?
FIGURA DE
PÁMPANOS. Yo
me
convertiría
en cuchillo.
FIGURA DE
CASCABELES.
(Dejando
de danzar.)
Pero
¿por qué?,
¿por qué me
atormentas?
¿Cómo no
vienes
conmigo, si
me amas,
hasta donde
yo te lleve?
Si yo me
convirtiera
en pez luna,
tú te
convertirías
en ola de
mar, o en
alga, y si
quieres algo
muy lejano,
porque no
desees
besarme, tú
te
convertirías
en luna
llena, ¡pero
en cuchillo!
Te gozas en
interrumpir
mi danza. Y
danzando es
la única
manera que
tengo de
amarte.
FIGURA DE
PÁMPANOS.
Cuando
rondas el
lecho y los
objetos de
la casa te
sigo, pero
no te sigo a
los sitios
adonde tú,
lleno de
sagacidad,
pretendes
llevarme. Si
tú te
convirtieras
en pez luna,
yo te
abriría con
un cuchillo,
porque soy
un hombre,
porque no
soy nada más
que eso, un
hombre, más
hombre que
Adán, y
quiero que
tú seas aún
más hombre
que yo. Tan
hombre que
no haya
ruido en las
ramas cuando
tú pases.
Pero tú no
eres un
hombre. Si
yo no
tuviera esta
flauta, te
escaparías a
la luna, a
la luna
cubierta de
pañolitos de
encaje y
gotas de
sangre de
mujer.
FIGURA DE
CASCABELES.
(Tímidamente.)
¿Y si yo me
convirtiera
en hormiga?
FIGURA DE
PÁMPANOS.
(Enérgico.)
Yo me
convertiría
en tierra.
FIGURA DE
CASCABELES.
(Más
fuerte.)
¿Y si
yo me
convirtiera
en tierra?
FIGURA DE
PÁMPANOS.
(Más débil.)
Yo
me
convertiría
en agua.
FIGURA DE
CASCABELES.
(Vibrante.)
¿Y si yo
me
convirtiera
en agua?
FIGURA DE
PÁMPANOS.
(Desfallecido.)
Yo
me
convertiría
en pez luna.
FIGURA DE
CASCABELES.
(Tembloroso.)
¿Y si
yo me
convirtiera
en pez luna?
FIGURA DE
PÁMPANOS.
(Levantándose.)
Yo me
convertiría
en cuchillo.
En un
cuchillo
afilado
durante
cuatro
largas
primaveras.
FIGURA DE
CASCABELES.
Llévame al
baño y
ahógame.
Será la
única manera
de que
puedas verme
desnudo. ¿Te
figuras que
tengo miedo
a la sangre?
Sé la manera
de
dominarte.
¿Crees que
no te
conozco? De
dominarte
tanto que si
yo dijera:
«¿si yo me
convirtiera
en pez
luna?», tú
me
contestarías:
«yo me
convertiría
en una bolsa
de huevas
pequeñitas».
FIGURA DE
PÁMPANOS.
Toma un
hacha y
córtame las
piernas.
Deja que
vengan los
insectos de
la ruina y
vete. Porque
te
desprecio.
Quisiera que
tú calaras
hasta lo
hondo. Te
escupo.
FIGURA DE
CASCABELES.
¿Lo quieres?
Adiós. Estoy
tranquilo.
Si voy
bajando por
la ruina iré
encontrando
amor y cada
vez más
amor.
FIGURA DE
PÁMPANOS.
(Angustiado.)
¿Dónde
vas? ¿Dónde
vas?
FIGURA DE
CASCABELES.
¿No deseas
que me vaya?
FIGURA DE
PÁMPANOS.
(Con voz
débil.)
No, no te
vayas. ¿Y si
yo me
convirtiera
en un
granito de
arena?
FIGURA DE
CASCABELES.
Yo me
convertiría
en un
látigo.
FIGURA DE
PÁMPANOS. ¿Y
si yo me
convirtiera
en una
bolsa de
huevas
pequeñitas?
FIGURA DE
CASCABELES.
Yo me
convertiría
en otro
látigo. Un
látigo hecho
con cuerdas
de guitarra.
FIGURA DE
PÁMPANOS.
¡No me
azotes!
FIGURA DE
CASCABELES.
Un látigo
hecho con
maromas de
barco.
FIGURA DE
PÁMPANOS.
¡No me
golpees el
vientre!
FIGURA DE
CASCABELES.
Un látigo
hecho con
los
estambres de
una
orquídea.
FIGURA DE
PÁMPANOS.
¡Acabarás
por dejarme
ciego!
FIGURA DE
CASCABELES.
Ciego,
porque no
eres hombre.
Yo sí soy un
hombre. Un
hombre, tan
hombre, que
me desmayo
cuando se
despiertan
los
cazadores.
Un hombre,
tan hombre,
que siento
un dolor
agudo en los
dientes
cuando
alguien
quiebra un
tallo, por
diminuto que
sea. Un
gigante. Un
gigante, tan
gigante, que
puedo bordar
una rosa en
la uña de un
niño recién
nacido.
FIGURA DE
PÁMPANOS.
Estoy
esperando la
noche,
angustiado
por el
blancor de
la ruina,
para poder
arrastrarme
a tus pies.
FIGURA DE
CASCABELES.
No. No. ¿Por
qué me dices
eso? Eres tú
quien me
debes
obligar a mí
para que lo
haga. ¿No
eres tú un
hombre? ¿Un
hombre más
hombre que
Adán?
FIGURA DE
PÁMPANOS.
(Cayendo al
suelo.)
¡Ay! ¡Ay!
FIGURA DE
CASCABELES.
(Acercándose
en voz
baja.)
¿Y si yo me
convirtiera
en capitel?
FIGURA DE
PÁMPANOS.
¡Ay de mí!
FIGURA DE
CASCABELES.
Tú te
convertirías
en sombra de
capitel y
nada más. Y
luego
vendría
Elena a mi
cama.
Elena,
¡corazón
mío!
Mientras tú,
debajo de
los cojines,
estarías
tendido
lleno de
sudor, un
sudor que no
sería tuyo,
que sería de
los
cocheros, de
los
fogoneros y
de los
médicos que
operan el
cáncer. Y
entonces yo
me
convertiría
en pez luna
y tú no
serías ya
nada más que
una pequeña
polvera que
pasa de mano
en mano.
FIGURA DE
PÁMPANOS.
¡Ay!
FIGURA DE
CASCABELES.
¿Otra vez?
¿Otra vez
estás
llorando?
Tendré
necesidad de
desmayarme
para que
vengan los
campesinos.
Tendré
necesidad de
llamar a los
negros, a
los enormes
negros
heridos por
las navajas
de las yucas
que luchan
día y noche
con el fango
de los ríos.
Levántate
del suelo,
cobarde.
Ayer estuve
en casa del
fundidor y
encargué una
cadena. ¡No
te alejes de
mí! Una
cadena. Y
estuve toda
la noche
llorando
porque me
dolían las
muñecas y
los
tobillos y,
sin embargo,
no la tenía
puesta.
(La Figura
de Pámpanos
toca un
silbato de
plata.)
¿Qué haces?
(Suena el
silbato otra
vez.) Ya
sé lo que
deseas, pero
tengo tiempo
de huir.
FIGURA DE
PÁMPANOS.
(Levantándose.)
Huye si
quieres.
FIGURA DE
CASCABELES.
Me defenderé
con las
hierbas.
FIGURA DE
PÁMPANOS.
Prueba a
defenderte.
(Suena el
silbato.
Del techo
cae un Niño
vestido con
una malla
roja.)
NIÑO. ¡El
Emperador!
¡El
Emperador!
¡El
Emperador!
FIGURA DE
PÁMPANOS. El
Emperador.
FIGURA DE
CASCABELES.
Yo haré tu
papel. No te
descubras.
Me costaría
la vida.
NIÑO. ¡El
Emperador!
¡El
Emperador!
¡El
Emperador!
FIGURA DE
CASCABELES.
Todo entre
nosotros era
un juego.
Jugábamos. Y
ahora yo
serviré al
Emperador
fingiendo la
voz tuya. Tú
puedes
tenderte
detrás de
aquel gran
capitel. No
te lo había
dicho nunca.
Allí hay una
vaca que
guisa la
comida para
los
soldados.
FIGURA DE
PÁMPANOS.
¡El
Emperador!
Ya no hay
remedio. Tú
has roto el
hilo de la
araña y ya
siento que
mis grandes
pies se van
volviendo
pequeñitos y
repugnantes.
FIGURA DE
CASCABELES.
¿Quieres un
poco de té?
¿Dónde
podría
encontrar
una bebida
caliente en
esta ruina?
NIÑO. (En
el suelo.)
¡El
Emperador!
¡El
Emperador!
¡El
Emperador!
(Suena
una trompa y
aparece el
Emperador de
los romanos.
Con él viene
un Centurión
de túnica
amarilla y
carne gris.
Detrás
vienen los
cuatro
Caballos con
sus
trompetas.
El Niño se
dirige al
Emperador.
Éste lo toma
en sus
brazos y se
pierden en
los
capiteles.)
CENTURIÓN.
El Emperador
busca a uno.
FIGURA DE
PÁMPANOS.
Uno soy yo.
FIGURA DE
CASCABELES.
Uno soy yo.
CENTURIÓN.
¿Cuál de los
dos?
FIGURA DE
PÁMPANOS.
Yo.
FIGURA DE
CASCABELES.
Yo.
CENTURIÓN.
El Emperador
adivinará
cuál de los
dos es uno.
Con un
cuchillo o
con un
salivazo.
¡Malditos
seáis todos
los de
vuestra
casta! Por
vuestra
culpa estoy
yo corriendo
caminos y
durmiendo
sobre la
arena. Mi
mujer es
hermosa como
una montaña.
Pare por
cuatro o
cinco sitios
a la vez y
ronca al
mediodía
debajo de
los árboles.
Yo tengo
doscientos
hijos. Y
tendré
todavía
muchos más.
¡Maldita sea
vuestra
casta!
(El
Centurión
escupe y
canta. Un
grito largo
y sostenido
se oye
detrás de
las
columnas.
Aparece el
Emperador
limpiándose
la frente.
Se quita
unos guantes
negros;
después unos
guantes
rojos y
aparecen sus
manos de una
blancura
clásica.)
EMPERADOR.
(Displicente.)
¿Cuál de
los dos es
uno?
FIGURA DE
CASCABELES.
Yo soy,
señor.
EMPERADOR.
Uno es uno y
siempre uno.
He degollado
más de
cuarenta
muchachos
que no lo
quisieron
decir.
CENTURIÓN.
(Escupiendo.)
Uno es
uno y nada
más que uno.
EMPERADOR. Y
no hay dos.
CENTURIÓN.
Porque si
hubiera dos
no estaría
el Emperador
buscando por
los caminos.
EMPERADOR.
(Al
Centurión.)
¡Desnúdalos!
FIGURA DE
CASCABELES.
Yo soy uno,
señor. Ése
es el
mendigo de
las ruinas.
Se alimenta
con raíces.
EMPERADOR.
Aparta.
FIGURA DE
PÁMPANOS. Tú
me conoces.
Tú sabes
quién soy.
(Se
despoja de
los pámpanos
y aparece un
desnudo
blanco de
yeso.)
EMPERADOR.
(Abrazándolo.)
Uno es
uno.
FIGURA DE
PÁMPANOS. Y
siempre uno.
Si me besas
yo abriré
mi boca para
clavarme
después tu
espada en el
cuello.
EMPERADOR.
Así lo haré.
FIGURA DE
PÁMPANOS. Y
deja mi
cabeza de
amor en la
ruina. La
cabeza de
uno que fue
siempre uno.
EMPERADOR.
(Suspirando.)
Uno.
CENTURIÓN.
(Al
Emperador.)
Difícil
es, pero ahí
lo tienes.
FIGURA DE
PÁMPANOS. Lo
tiene porque
nunca lo
podrá
tener.
FIGURA DE
CASCABELES.
¡Traición!
¡Traición!
CENTURIÓN.
¡Cállate,
rata vieja!
¡Hijo de la
escoba!
FIGURA DE
CASCABELES.
¡Gonzalo!
¡Ayúdame,
Gonzalo!
(La
Figura de
Cascabeles
tira de una
columna y
ésta se
desdobla en
el biombo
blanco de la
primera
escena. Por
detrás salen
los tres
Hombres
barbados y
el Director
de escena.)
HOMBRE I.°
¡Traición!
FIGURA DE
CASCABELES.
¡Nos ha
traicionado!
DIRECTOR.
¡Traición!
(El
Emperador
está
abrazado a
la Figura de
Pámpanos.)
Telón
Cuadro
tercero
Muro de
arena. A la
izquierda, y
pintada
sobre el
muro, una
luna
transparente
casi de
gelatina. En
el centro,
una inmensa
hoja verde
lanceolada.
HOMBRE I.°
(Entrando.)
No es
esto lo que
hace falta.
Después de
lo que ha
pasado,
sería
injusto que
yo volviese
otra vez
para hablar
con los
niños y
observar la
alegría del
cielo.
HOMBRE 2.°
Mal sitio es
éste.
DIRECTOR.
¿Habéis
presenciado
la lucha?
HOMBRE 3.°
(Entrando.)
Debieron
morir los
dos. No he
presenciado
nunca un
festín más
sangriento.
HOMBRE I.°
Dos leones.
Dos
semidioses.
HOMBRE 2.°
Dos
semidioses
si no
tuvieran
ano.
HOMBRE I.°
Pero el ano
es el
castigo del
hombre. El
ano es el
fracaso del
hombre, es
su vergüenza
y su muerte.
Los dos
tenían ano y
ninguno de
los dos
podía luchar
con la
belleza pura
de los
mármoles que
brillaban
conservando
deseos
íntimos
defendidos
por una
superficie
intachable.
HOMBRE 3.°
Cuando sale
la luna, los
niños del
campo se
reúnen para
defecar.
HOMBRE I.° Y
detrás de
los juncos,
a la orilla
fresca de
los
remansos,
hemos
encontrado
la huella
del hombre
que hace
horrible la
libertad de
los
desnudos.
HOMBRE 3.°
Debieron
morir los
dos.
HOMBRE I.°
(Enérgico.)
Debieron
vencer.
HOMBRE 3.°
¿Cómo?
HOMBRE I.°
Siendo
hombres los
dos y no
dejándose
arrastrar
por los
falsos
deseos.
Siendo
íntegramente
hombres. ¿Es
que un
hombre puede
dejar de
serlo nunca?
HOMBRE 2.°
¡Gonzalo!
HOMBRE I.°
Han sido
vencidos y
ahora todo
será para
burla y
escarnio de
la gente.
HOMBRE 3.°
Ninguno de
los dos era
un hombre.
Como no lo
sois
vosotros
tampoco.
Estoy
asqueado de
vuestra
compañía.
HOMBRE I.°
Ahí detrás,
en la última
parte del
festín, está
el
Emperador.
¿Por qué no
sales y lo
estrangulas?
Reconozco tu
valor tanto
como
justifico tu
belleza.
¿Cómo no te
precipitas
y con tus
mismos
dientes le
devoras el
cuello?
DIRECTOR.
¿Por qué no
lo haces tú?
HOMBRE I.°
Porque no
puedo,
porque no
quiero,
porque soy
débil.
DIRECTOR.
Pero él
puede, él
quiere, él
es fuerte.
(En alta
voz.)
¡El
Emperador
está en la
ruina!
HOMBRE 3.°
Que vaya el
que quiera
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