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federico

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Al Público de Buenos Aires

con motivo de la presentación de "Bodas de Sangre" en el teatro Avenida


La reaparición de la compañía de Lola Menbrives anoche, en el escenario del Avenida, con "Bodas de Sangre", adquirió significativos caracteres y simpático relieve, por la presencia en Buenos Aires del autor de la obra bella y fuerte, que por primera vez asistía a una interpretación de su obra en Buenos Aires. La obra fue objeto de la misma prolija y expresiva versión escénica que escuchamos en el Maipo, destacándose, sobre todo, Lola Menbrives y Helena Cortesina en los dos papeles de preponderancia, y siempre, en su amplio reparto y en su lucida presentación, objeto del mismo cuidado y de los mismos comentarios elogiosos, que ya registramos en su oportunidad. La atmósfera, amistosamente caldeada por la presencia del autor, determinó en el público un entusiasmo comunicativo, manifestándose en sus escenas culminantes y en los más felices de sus párrafos inspirados, y arrancó los sostenidos aplausos con que fue saludada la presencia de García Lorca en el proscenio. El autor dirigió al público de Buenos Aires las siguientes palabras, que fueron vivamente celebradas, dejando la velada, el más grato recuerdo y un vibrante eco de simpatía. Dijo así:

—El dirigir la palabra esta noche al público no tiene más objeto que dar las gracias bajo el arco de la escena por el calor y la cordialidad y la simpatía con que me ha recibido este hermoso país, que abre sus praderas y sus ríos a todas las razas de la tierra.

A los rusos con sus estrellas de nieve, a los gallegos que llegan sonando ese cuerno de blando metal que es su idioma, a los franceses en su ansia de hogar limpio, al italiano con su acordeón lleno de cintas, al japonés con su tristeza definitiva. Pero a pesar de esto, cuando subía las ondas rojizas y ásperas como la melena de un león que tiene el Río de la Plata, no soñaba esperar, por no merecer, esta paloma blanca temblorosa de confianza que la enorme ciudad me ha puesto en las manos; y más que el aplauso agradece el poeta la sonrisa de viejo amigo que ofrece el aire luminoso de la Avenida de Mayo.

En los comienzos de mi vida de autor dramático yo considero como fuerte espaldarazo esta ayuda atenta de Buenos Aires que correspondo buscando su perfil más agudo entre sus barcos, sus bandoneones, sus finos caballos tendidos al viento, la música dormida de su castellano suave y los hogares limpios del pueblo donde el tango abre en el crepúsculo sus mejores abanicos de lágrimas.

Rubén Darío, el gran poeta de América, cantó con voz inolvidable la gloria de Argentina, poniendo vítores azules y blancos en las pirámides que forman la zumbadora rosa de sus vientos. Para agradecer vuestra cortesía, yo pongo mi voz pequeña como un junco del Genil al lado de ese negro tronco de higuera que es la voz suya.

Salud a todos.

25 de octubre, 1933

 

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